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Lágrimas de Quetzalcóatl y la ruta de Cortes

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En el año 2015 visité Yucatán (México) y quedé fascinado por su belleza. Se trata de una península verde e infinita, situada al sureste del actual México, limitando al norte con el golfo y al sureste con Quintana Roo y Campeche hacia el suroeste. En aquel año, yo ya me encontraba armando mi novela Lágrimas de Quetzalcóatl, que más tarde publicaría.

Antes de la llegada de los exploradores españoles, está singular península era llamada Mayab, o como decían sus antiguos pobladores en su lengua nativa ma’ ya’ab, que viene a significar «No muchos». Era pues, una región central para la civilización Maya, donde tuvo su máximo esplendor hacia el siglo III después de Cristo. En torno al siglo V de nuestra era, estos pueblos se trasladaron masivamente desde Petén hacia Balacar, siempre mirando al oriente de su colosal península… Fue el momento de la fundación de las espectaculares construcciones de Chichén Itzá, Izamal, Motul, Ek Balam e Ichcaanzihóo. Mucho se habla de la azteca Tenochtitlán y sus admirables construcciones, pero aquí en Europa, no se conocen tanto los logros Mayas, que a la llegada de los españoles, este pueblo ya tan solo era una sombra con respecto a su glorioso pasado y su antigua civilización. 

¿Qué debieron sentir aquellos primeros castellanos llegados del otro lado del mar? ¿Qué sintió el extremeño Cortes? Tan lejos de las árida meseta castellana, enfrentado a esa espesura verde, salpicada aquí y allá de los vestigios de esa civilización misterio y enigmática… No dejo de preguntármelo. Más de dos mil kilómetros, actualmente y por carretera,  separan Yucatán de México, ¿os imagináis hacer esa ruta a pie embutidos en una coraza ardiente por el sol, cocidos por la humedad y luciendo el morrión de los tercios? rodeados por una espesura verde, con incontables especies mortíferas dispuestas a dar cuenta de los incautos que se aventuraban en la espesura de aquellas selvas. Rodeados de enemigos y sin una ruta clara que seguir. Así fue el viaje de Cortes y de sus hombres.

Estos pensamientos, me inundaban cuando sobre la cima de una pirámide en Ek Balam contemplaba atónito el mar verde jade que lo inundaba todo. Él, Cortes, fue el Quetzalcóatl, que en lengua nahuati significa La Serpiente Emplumada, el Kukulcán que había regresado de Poniente cabalgando ese extraño animal, el caballo. Cumpliendo la promesa del dios renacido. Decidido a tomar venganza por los incumplimientos sangrientos de su pueblo, ¿Quizás la nueva fe que esos conquistadores traían?

¿Perseguían riquezas? Por supuesto, ¿que guerrero del siglo XVI no lo hacía? ¿Eran conquistadores? Lo eran, al igual que sus rivales mexicas, pero juzgar a aquellas gentes, de uno o de otro lado, sería tarea inútil y más, con la moral imperfecta de este siglo XXI que nos ha tocado vivir. Tan solo, debemos hacer un esfuerzo por ponernos en el calzado de cada uno, y entender aquella saga épica, aquel drama y choque de civilizaciones que fue la raíz y el origen de la actual nación mexicana, una nación orgullosa y altiva que no debe olvidar a sus dos padres, para poder encontrar su lugar en el mundo y defenderse de las influencias destructivas de otras civilizaciones, como la anglosajona que nada bueno quieren para su cultura y tradiciones.

Pienso en ese Cortes, derrotado en la Noche Triste (antes de su victoria posterior), tal y como lo describía Francisco de Aguilar:

..Sucedió un día que Alonso de Ávila, capitán de la guardia del capitán Hernando Cortés, se fue a su aposento cansado y triste, y tenía por compañero a Botello Puerto de Plata, el cual fue aquel que dijo al marqués en Cempoala: «Señor, daos prisa, porque don Pedro de Alvarado está cercado y le han muerto un hombre». Y así como entró le halló llorando fuertemente y le dijo estas palabras: «¡Oh señor! ¿Ahora es tiempo de llorar?». Respondióle: «¿Y no os parece que tengo razón?. Sabed que esta noche no quedará hombre de nosotros vivo si no se tiene algún medio para poder salir»..

Y veo el amanecer de un nuevo mundo, de una nueva civilización, y de un país hermano en la Hispanidad. Veo la increíble historia del nacimiento de Nueva España, que más tarde, pasaría a llamarse México.

 

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