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Locura histórica contra la Hispanidad

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Me siento a escribir y son varios los sentimientos que acuden a mi cabeza: tristeza por ver como se juzga la historia de una manera injusta y partidaria en pos de un rédito económico o con el objetivo de desestructurar y debilitar sociedades; indignación al ver cómo destruyen un legado cultural que nos debe recordar lo sucedido, tanto lo bueno como lo malo y que configura la Hispanidad, que sistemáticamente se quiere disolver; pero sobre todo con una sensación de impotencia ante las mentiras y tergiversaciones históricas que sufre el mundo Hispano y todo lo que representa.

La sensación de tristeza surge cuando observo las estatuas derribadas, las pintadas en edificios públicos y las manifestaciones contra los conquistadores y exploradores españoles, cuyas acciones están siendo analizadas con los criterios del siglo XXI, sacándolas de su contexto -esencialmente el siglo XVI-, o simplemente, en la mayoría de los casos, con el desconocimiento de las circunstancias por parte de gestores y activistas de estas protestas. Estos ataques vandálicos, vendidos al mundo como actos que reivindican culturas ancestrales o la memoria de pueblos masacrados, tienen siempre un trasfondo económico, así como una búsqueda de cuotas de poder, con la intención de fragmentar y debilitar aún más los pueblos hispanos.

La indignación viene por la pasividad de los gobiernos a uno y otro lado del Atlántico para proteger el legado hispánico, permitiendo que la llamada Leyenda Negra vaya calando cada vez más en la población y que los actos contra la Hispanidad resulten impunes cuando no apoyados desde el gobierno, como en el derribo de la estatua de Sebastián Belalcázar el 16 de septiembre de 2020, en Popoyán (Colombia) observado de forma pasiva por la policía sin que por un momento tratasen de impedir semejante tropelía.

Finalmente, la impotencia ante las injusticias y falacias vertidas sobre hombres que debían ser tratados como héroes y cuyos nombres y legado son maltratados bajo unos lemas que en nada se ajustan a la realidad.

Los españoles descubrieron lo que consideraron el Nuevo Mundo en 1492. En 1503, solo once años después abrieron el primer hospital en Santo Domingo, y en 1538 la Universidad Santo Tomás de Aquino, también en la isla de La Española. A finales del Siglo XVIII se habían construido 25 universidades y una red hospitalaria por toda Hispanoamérica. Así mismo, todos los reyes desde Isabel la Católica crearon leyes para preservar los derechos de los nativos de las nuevas tierras del Imperio, buscando siempre incorporarlos dentro de la Corona. Estos simples hechos deberían demostrar por si solos que España era solo una, y que los virreinatos no eran colonias sino nuevas provincias que se incorporaban como una prolongación de la actividad surgida durante la reconquista en la Península Ibérica, una actividad organizadora, que establecía marcos jurídicos y que incorporaba de una forma lo más uniforme posible las mismas actividades –económicas, religiosas, culturales-. Así era.

Sin embargo, lo que más llama mi atención son las diferentes medidas utilizadas a la hora de analizar los diferentes imperios, especialmente en la comparación con el imperio anglosajón que llegó a las tierras del norte del continente americano. Resulta evidente que, mientras en las zonas donde estuvieron los españoles se pueden diferenciar los rasgos nativos, se preservó su lengua y muchas de sus costumbres y la mezcolanza entre indígenas y españoles fue la tónica común, -siendo sus descendientes españoles de pleno derecho-, los vecinos del norte desaparecieron, quedando apenas alguna reserva en la que las tribus son más un reclamo turístico que una verdadera cultura.

Desde el origen de la humanidad, los pueblos más desarrollados han expandido sus fronteras anexionando nuevos territorios. Especialmente en el siglo XIX con el desarrollo de otras naciones europeas, fueron muchos los países que ocuparon territorios tanto en Asia como en África y Oceanía. Pocos o quizás ninguno de estos territorios fueron mejor tratados que los nativos hispanoamericanos. No se puede negar que en algunas ocasiones durante la expansión por Hispanoamérica hubiera abuso de poder, pero no es menos cierto que esos mismos abusos ocurrían en cualquier país de Europa durante los Siglos XVI y XVII, tanto en los periodos de guerra como en los de paz.

Por último, me sorprende que desde algunos países hispanoamericanos se siga culpando a los conquistadores y dirigentes españoles por su situación actual, puesto que han pasado 200 años desde que obtuvieron la independencia, tiempo suficiente para que cada uno de estos países asumiera su responsabilidad por su situación económica y social actual. Siempre resulta más fácil culpar a quién no puede defenderse, y sobre todo buscar una escapatoria a la vergüenza de su propia ineficacia.

Podría pasar horas escribiendo sobre lo injusto del tratamiento que están recibiendo los descubridores y conquistadores, pero pondré un último ejemplo que me llama poderosamente la atención: mientras hombres que vivieron hace varios siglos como Cristóbal Colón, Fray Junípero Serra o Sebastián Belalcázar son tildados de racistas, nadie osa insultar a los gobernantes belgas que tuvieron africanos expuestos en el zoo hasta hace menos de 80 años. No se trata de un “y-tú-más”. Se trata, incluso, de que el punto de partida de los ataques a lo español es en su mayoría falso de raíz.

Termino de escribir con el ánimo mejorado, con fe y convicción en que la locura histórica que se vive en estos momentos y que ataca todo lo que tiene que ver con la Hispanidad llegará a su fin. Ojalá alcance a ver como se habla del Imperio Español de una manera objetiva, valorando los hechos en su contexto. En ese momento no habrá duda de que la Hispanidad ha sido una fuerza transformadora del mundo a mejor durante varios siglos y, sin duda, puede volver a serlo.

 

 

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