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Santiago Apóstol, el camino místico de la Hispanidad

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En tiempos de encierro y confinamiento, hoy más que nunca se echa de menos la libertad, el trazar rutas y la búsqueda de un camino hacia un lugar mejor. Ese sitio se encuentra fuera y dentro de uno mismo y ese camino es El Camino con mayúsculas, el camino por excelencia, el interior que se funde con una geografía milenaria y europea. Es la Cristiandad hecha del polvo de senderos, de piedra sobre piedra, de bosques y de hierba, de sudor y de fe. Es el Camino de Santiago, un viaje iniciático para encontrarnos con nuestra identidad más auténtica.

Ese misterioso camino es el de nuestro apóstol patrono, donde al final del recorrido se encuentra su tumba, la de Santiago, el Hijo del Trueno, el testigo directo de Dios hecho hombre. Su nombre fue Santiago Zebedeo, hermano de Juan el Evangelista, y es la reliquia perenne del ser español que se hizo hispánico allende los mares por los cinco continentes.

¿Quién fue Santiago? ¿Qué es el Camino? No es un nombre del santoral ni una ruta turística moderna más, es la clave para comprender una parte de ese espíritu impulsor de las más grandes gestas realizadas por los hombres y que encarnó el espíritu de una Civilización que hoy parece entrar en el ocaso, lamentablemente, tal vez de forma definitiva.

Repasando la historia, Clemente de Alejandría en el siglo II se refirió a él como uno de los predilectos de Nuestro Señor junto a su hermano Juan y a Simón Pedro. Es Nuestro Patrono, el de España. Aunque no sea oficial, por su impronta y trascendencia también podría serlo de Europa, como sí lo son San Benito y Cirilo y Metodio. Santiago, personalmente, es patrono in pectore de Occidente.

La Historia y su figura se mezclan con la leyenda. Se sabe de su evangelización en España gracias a fuentes bizantinas, como la de San Isidoro y el Beato de Liebana. Mauregato, que fue rey de Asturias entre los años 783 y 789, ya lo nombra como “aurea cabeza de España, nuestro protector y patrono nacional”. Santiago es España como el discípulo de Dios encarnado, la conexión entre el Finisterre y el Cielo. Galicia fue su tumba y templo para los cristianos de todo el mundo por entonces conocido.

Durante el reinado de Alfonso II el Casto, en la década del año 820 fue descubierta su sepultura como un auténtico fenómeno prodigioso. Siendo Teodomiro, obispo de Iria Flavia, en la provincia de La Coruña, un ermitaño llamado curiosamente Pelayo, vio unas extrañas luces que ardían sobre el bosque en el que habitaba. Luces y apariciones angélicas. Al enterarse el obispo Teodomiro del sobrenatural suceso, ayunó tres días y finalmente encontró la tumba del apóstol Santiago.

Aquí las fechas y los datos comienzan a confundirse. Una leyenda posterior cuenta que el Emperador Carlomagno tuvo una aparición angelical en sueños para “que acudiera con gran ejercito a combatir a las gentes paganas y liberar su camino y su tierra y visitar su basílica y sarcófago” -la del apóstol-según el relato medieval de Don Turpín, arzobispo francés de Reims que murió en el año 800 y que se convirtió en un personaje épico que figura en numerosas canciones de gesta, especialmente en la «Canción de Roldán». Esta figura legendaria es citada en el Códice Calixtino (s. XII) como Turpín de Reims, presentado como autor del libro IV de dicho códice. Los estudiosos se refieren con frecuencia a este texto como Pseudo Turpín, ya que falleció antes de las hazañas de Carlomagno y de la muerte del emperador en el año 814.

Esto demuestra la fuerza e importancia de tener en estas tierras, aún invadidas por los infieles musulmanes, a una figura como la del Hijo del Trueno que, en un halo de leyenda y una mezcla de mitos ancestrales, cohesionó cultural y religiosamente a diferentes pueblos amalgamados en una cosmovisión que definió la Europa Cristiana.

El siglo XII es el cenit de la ruta jacobea. El Códice Calixtino recogió el testimonio de todos los pueblos europeos que peregrinaron hacia Compostela. Podríamos decir que la misma Europa como tal es una “invención” del Camino de Santiago. En el texto, que se encuentra en la capital gallega, se recogen testimonios de peregrinos de Polonia, Italia, Borgoña, Apulia, Jerusalén, Dacia, Noruega, Calabria, Hungría, Bulgaria, entre otros. La Cristiandad miró y caminó hacia Compostela. Europa se hizo fuerte espiritualmente en la tumba del apóstol.

Tres ciudades y tres destinos de la cristiandad: Jerusalén, Roma y Santiago. Palmeros, romeros y peregrinos con la cruz y con la espada forjaron esa Europa cristiana. Reyes, santos, nobles, caballeros y el pueblo llano, unidos en la fe con Santiago. Personajes emblemáticos y significativos como San Evemaro de Frisia, Simeón de Armenia, Teobaldo de Alemania, Genadio de Astorga, Guillermo de Vercelli, Pelayo de Arlanza, santa Bona de Pisa, Alberto de Mesina, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Fernando Rey, Brígida de Suecia, Isabel de Perygal, san Juan de Dios, entre otros, hicieron su camino. Prácticamente medio santoral cristiano levantó su mirada al cielo gallego y elevó una plegaria bajo ese Campo de Estrellas que guio el destino de Europa.

Santiago es nuestro patrimonio cultural, pero no me refiero al otorgado por la UNESCO sino al verdadero, al dado por nuestra Tradición, al que refiere a nuestra verdadera identidad hispánica dentro y fuera de la península, heredera de la cultura grecorromana y de la fe de Tierra Santa, la que forjó la verdadera identidad europea, no europeísta, sino a esa tradición cultural y religiosa de una civilización trimilenaria, y de la cual la Hispanidad forma parte sustancial de la misma. Santiago, el Hijo del Trueno, es nuestro, el de Europa, la Hispanidad y Occidente.

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